viernes, 15 de mayo de 2009

La taquilla sospechosa

Hace ya varios años en un viernes por la tarde en el que solo habían las monjas en el colegio, mi amigo Pedro se disponía a entrar a recoger los libros que había olvidado coger para estudiar un examen de la siguiente semana. Se dispuso a entrar y en la portería no había nadie, sin pensarlo más fue directamente a su taquilla a buscar los libros y fue allí donde todo sucedió. El se agachó para girar la ruleta y poner la combinación, escucho un extraño ruido en el aula contigua a su clase y decidió ir a echar un vistazo, pero no había nadie, todo estaba en orden tal y como recordaba haberlo visto al irse a su casa al terminar las clases. Volvió a la taquilla a llevar a cabo su búsqueda y cuando la abrió, solo vio una taquilla vacía, sin libros, ni su carpeta de dibujo ni nada. La cerró esperando volverla a abrir y encontrar sus pertenencias. Entonces fue cuando pudo apreciar que en la puerta de su taquilla habían unos bultos que no recordaba haber visto ninguna vez en todo lo que llevaba de curso. Se fijó bien y en uno de ellos localizó una pequeña mancha roja, pero a él no se le paso por la cabeza lo que se le pasa a cualquier ser humano al ver una mancha de ese color. El pensó que sería un poco de tinta de algún bolígrafo de un niño al que se le habría caído el estuche al suelo y a raíz de la caída del estuche, pensó en la posible caída del niño cerca de las taquillas y a causa de eso los bultos en su puerta. Volvió a abrirla, pero nada, todo seguía igual de ausente que antes. Se dispuso a ir a dar una vuelta en busca de alguna monja a la que poder pedir una explicación. Solo encontró a la más anciana de ellas y esta no supo darle respuesta alguna. Volvió a su destino y de nuevo escucho esos ruidos tan extraños que venían del aula de al lado. Cuando entró todo se encontraba calmado, pero las mesas estaban en diferente posición. Fue a su taquilla ya un poco preocupado por todas las cosas extrañas que le estaban pasando y sus libros raramente estaban allí. Pedro ya nunca volvió a ser el mismo desde entonces, el tan solo nos explicó eso pero yo creo que vio algo que nadie sabe y por eso ahora ya nadie sabe nada de él, porque desde hace unos meses se marchó a ningún lugar, sin decir nada a nadie.

el arco de la mina


Hace cosa de dos años que estoy en el colegio Montserrat. Cuando vine me llamo la atención una parte del patio llamada “la mina”, sobretodo me impresiono la parte del arco. Estuve preguntando a todo el mundo porque se llamaba así, al final averigüé que era una mina abandonada y entonces empecé a pensar:

-esta mina la usaban en el colegio o es de muchos años antes?

Saque mis propias hipótesis como por ejemplo que los profesores explotaban a los niños para sacar el oro de la mina, que estaba enterrado un gran tesoro pirata. Siempre estaba intentando sacar conclusiones precipitadas i sin sentido, pero estaba tan obsesamente obsesionado que no podía para de imaginarme cosas muchas cosas. Cada día de 11:00 a 11:30 estaba allí con una mirada obsesiva y una sonrisa terrorífica, mirando ese arco sobresaliéndose a mi locura. Mi locura se iba alimentando de mi maldita obsesión por ese arco misterioso, hasta que dije basta y fui dejando de mirarlo. Finalmente averigüé que eran unas minas de carbón las cuales el colegio las explotaba para sacar combustible.

El secreto que esconden las escaleras negras...


Todo empezó a principios de septiembre, cuando el Colegio Montserrat volvió a empezar un nuevo curso tras tres meses de vacaciones.

Todo estaba preparado para nuestra llegada, la portería adornada con fotografías de los trabajos hechos durante el curso pasado, las paredes de algunos pasillos o clases habían sido pintadas, todo estaba como nuevo.

Al entrar en mi clase, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Un año más los 25 compañeros con quienes habíamos compartido todas las clases desde hacía aproximadamente diez años nos volvíamos a encontrar para iniciar un nuevo curso, con alegrías, ilusión y seguramente también con algunos enfados. Nuestra nueva tutora fue Madre Mónica Ferrer, quien nos recibió con una gran sonrisa, nos explico algunos de los cambios que haríamos durante el curso, las nuevas metodologías que trabajaríamos…

El tiempo fue transcurriendo, la rutina volvía como lo hacía todos los años por aquellas fechas. Pero a mi aún no parecía afectarme. El nuevo método de trabajo con ordenadores me apasionaba. Durante el primer mes, nos enseñaron cómo funcionaban algunos programas que no habíamos utilizado nunca, nos abrimos cuentas en algunos otros…

El primer trimestre pasó rápidamente, sin muchas complicaciones. Pensé que 4rto de la ESO no era tan difícil como me habían contado. Pero lo que no sabía era que lo peor estaba por llegar.

Un lunes, encendí mi ordenador como de costumbre, y antes de empezar la clase abrí el Gmail para consultar mi correo. Tenía un nuevo mensaje en mi bandeja de entrada, el autor era “anónimo” i en el asunto ponía: “¡Correo urgente, abrir!”. Al principio dude, ya que sabía que muchos mensajes enviados por personas anónimas podían tener un virus. Pero la curiosidad pudo conmigo. Lo abrí, y un párrafo enorme apareció en mi pantalla. Empecé a leer con indiferencia, pero después me metí por completo en el texto. Hablaba de unos mensajes en clave, un secreto que no se podía desvelar y de otras personas involucradas en el asunto. Tuve que cerrar la pestaña cuando empezó la lección y mi compañera de clase se sentó a mi lado y empezó a explicarme el último cotilleo más exclusivo que había sucedido en el colegio. Entonces mi atención se centró en ella, aunque las palabras del mensaje se repetían en mi mente. No había sido capaz de entender el texto por completo, por lo que al llegar casa lo volvía leer con más detenimiento y concentración. Por la noche me acosté sin mucha preocupación, ya que pensé que el mensaje debía ser una broma de algún otro compañero de clase. Al día siguiente, al llegar a la escuela hice lo mismo que de costumbre. Abrí mi correo electrónico, y para mi sorpresa había otro mensaje nuevo de “anónimo”. Me suplicaba que investigara sobre el tema, y que sobretodo no le contara nada de esto a NADIE. También ponía que me fijara bien en las escaleras. Pero… ¿Qué escaleras? No entendía nada, cada vez estaba más confusa.

Decidí contarle lo sucedido a una de mis compañeras, con quien tenía más confianza. Empezó a reírse de manera descarada creyendo que estaba loca, pero le expliqué que el mensaje era cierto y que seguramente abría algún secreto escondido en la escuela que debíamos averiguar.

En la hora del patio, fuimos a “las escaleras rosas” que hay en el extremo izquierdo del colegio. Eran escaleras normales y corrientes, y por mucho que buscamos no encontramos nada. Luego fuimos a ver las escaleras principales, la de los “profes” y pensamos que a lo mejor había mensajes secretos escritos entre los murales que había colgaos. Empezamos a leer algunos de ellos, pero nos dimos por vencidas. Al subir a nuestra clase por “las escaleras lilas” volvimos a fijarnos en los detalles, pero no encontrábamos nada que encajara con lo que hablaba el correo.

La decepción me invadió, pero a las 5 bajando por las “escaleras negras” me di cuenta de algo. Había extraños rasguños en las paredes hechos con una especie de objeto punzante. Hice algunas fotografías con el móvil i en casa las miré más detalladamente.

Parecían signos o fórmulas secretas. Sin pensarlo dos veces llamé a casa de la única persona con quien había compartido el secreto, le pasé las fotografías por correo y juntas empezamos a descifrarlas.

La “investigación” duró 5 horas (de 5:30 a 10:30), estuvimos buscando por Internet códigos y lenguajes secretos, hasta que al fin dimos en el clavo. Encontré una página donde hablaba de un tipo de mensajes que se escribían principalmente en las paredes de sitios donde solía pasar bastante gente. A cada signo le correspondía una palabra o una letra. Poco a poco fuimos averiguando todo lo que ponía en las paredes de las “escaleras negras”. Hablaba sobre un secreto muy bien escondido, sobre un sobre que contenía información confidencial, y lo más importante, sobre el aula de Filología, a la cual solo podían asistir los alumnos que cursaban Bachillerato en el colegio. Pensamos que sería imposible entrar en la clase de Filología sin que nos viesen, por lo que no nos quedó otro remedio que esperar al año siguiente para descubrir el secreto que escondían las escaleras negras. Aunque, de algo de lo que también estábamos seguras era que no dejaríamos el misterio sin resolver…